Capítulo 4 Recuerdo o trauma segundo.

Que a la tierna edad de ocho años, sumé sin quererlo y por mi única culpa, al dilatado currículo de esperpentos, ridículos y sinsabores que toda mi vida arrastré y de los que ahora por fin ya estoy liberado.

Hacía ya tiempo que cada vez que pasaba por la plaza Lesseps, en el límite de los distritos de Gracia i Sarrià-Sant Gervasi, me quedaba embobado mirando como niños y niñas, jóvenes y jóvenas y no tan jóvenes ni jóvenas [1] se deslizaban por la pista de patinaje de cemento sacando pecho, colocando los brazos en cruz y encaramando alternativamente una y otra pierna hacia atrás. Fascinado, con la mirada seguía la foto que cambiaba de fondo: siluetas estáticas que se deslizaban posando para la concurrencia formada por chachas, madres y padres y algún fotógrafo aficionado que nunca supe ubicar o quizá nunca estuvo.

A las 8 de la mañana de aquel seis de enero de mil novecientos sesenta y ocho, hecho un ovillo de ímpetu y nervios, esperaba ansioso a que mi padre abriera las puertas del salón-comedor, para comprobar si los reyes magos me habían traído los patines de correas que les había pedido en la carta y a buen seguro me había ganado. Me había portado muy bien durante todo el año y, los reyes, pensaba, no deberían tener en cuenta el único desliz que tuve, cuando con mi tirachinas acerté a clavarle en el trasero a Dorita, una viejecita menuda ex vedette del Molino que vivía en la escalera y me caía fatal, una alcayata de rosca del ocho. Va, pensaba, estas minucias sólo cuentan como bromas de mal gusto, los reyes magos no me lo tendrán en cuenta. Dos alcayatas de rosca del ocho, oigan.

Cuándo por fin se levantó la veda y mi padre abrió lentamente las puertas del salón-comedor, los cinco hermanos entramos atropelladamente, escrutando impacientes con la mirada todos los rincones de la estancia, en busca de un letrero con nuestro nombre escrito; señal inequívoca de que a su alrededor, encontraríamos por lo menos alguno de los regalos que habíamos pedido en la carta. Tardé menos de tres segundos en localizar mi letrero enganchado con celo en el respaldo del sillón de tres plazas y tardé menos de otros dos, en abalanzarme sobre el paquete que, por su forma y tamaño, adiviné de inmediato que contenía los patines de correas que había pedido ¡mis patines! Excitado, rasgué el envoltorio y los saqué de la caja, me senté en el suelo y alcé uno de ellos hasta la altura de mis ojos. Absorto, lo observé durante unos momentos y con el dedo índice hice girar una de sus ruedas que seguí contemplando hasta que se detuvo. Pasado el particular protocolo y asumiendo que efectivamente los patines eran para mí y por lo tanto míos, me los calcé y empecé patinar por el pasillo de casa: un  espacioso y confortable piso de la zona alta de Barcelona, donde mis padres vivían con sus cinco hijos: tres chicas y dos chicos y yo el del medio y, vayan ustedes a saber si en el fondo, por decir algo, no sería este el origen de mis posteriores  trastornos y perturbaciones, puesto que dicen que a los del medio, como no son mayores ni tampoco pequeños y son tan poco visibles, con frecuencia no se les presta la atención que merecen: se conoce que no son ni chicha ni tampoco “limoná”. No lo se oigan, pero ahora que estoy muerto y no hay nada que hacer, todo este tema ya me la suda bastante.

Como les iba diciendo, que una vez calzados mis patines, empecé a deslizarme poco a poco inestable, indeciso, vacilante y cagadito de miedo por el pasillo de la casa, cuando de pronto me di de bruces contra   la barriga de mi padre. Plas! Atento conmigo  aunque algo irritado, mi padre, me recrimino la acción y me aconsejó que para a iniciarme en las lides de tan agradecido pasatiempo o deporte, lo hiciera en recintos diseñados a tal efecto, como por ejemplo la pista de cemento de la plaza Lesseps, advirtiéndome además, que si me pillaba otra vez  patinando dentro de la casa, me confiscaría los patines y los utilizaría él para ir y venir del trabajo que, aparte de hacerle gracia que sus subordinados le vieran llegar al despacho en patines, tal como se estaba poniendo el tráfico en Barcelona le vendrían de perlas para llegar puntual y no pagar parking. “Coño de niño, joder” Añadió para terminar. Mi padre siempre fue muy espontáneo.

Aterrorizado como cada vez que me regañaba y atendiendo como no podía ser de otra manera a su advertencia, guardé mis patines y me puse a jugar con mi hermana mayor. No me costó convencerla para que al día siguiente me acompañara a la pista de patinaje de la susodicha plaza Lesseps, dedicada por cierto a Ferdinand de Lesseps, que fue cónsul general de Francia en Barcelona y se le conoce además por ser uno de los artífices de la construcción del canal de Suez, cosa que yo, a la edad de ocho años, como podrán ustedes imaginar no tenía ni idea, pero  ya de mayor, cuando sacaron esto de la Internet , me picó la curiosidad, lo consulté en la red y ahora para hacerme un poco el chulo lo pongo aquí. Ferdinand de Lesseps, que lo sepan.

Pues eso, que a la mañana siguiente, mi hermana y yo fuimos a la plaza y, aprovechando que aún no había mucha gente, me dio algunos consejos prácticos a fin y efecto de que mi primera toma de contacto con el mundo del patín, fuera lo menos traumática posible y regresara a casa sano y salvo. Me dijo que para frenar, lo hiciera resbalando de lado o pisando en el suelo con la goma de delante del patín, que no me motivara demasiado si veía que las cosas me iban saliendo bien, que fuera prudente y que no patinara de momento detrás de chicas que llevaran faldas cortas o pantalones muy ajustados, y  mucho menos cerca de las que lucieran generosos escotes; por el momento, me dijo, te limitarás a patinar detrás de las más feas hasta que cojas confianza rulando. ¿Enterado?- me dijo con la mala leche que siempre la caracterizó. Le dije que sí para que se callara y me puse a patinar agarrado a la barandilla de la pista al principio, soltándome de vez en cuando al cabo de un rato, y atreviéndome, intrépido, a cruzar la pista de lado a lado en un par de ocasiones.

Al cabo de una hora y media, entrada ya la mañana, brillaba en la plaza el suave sol de invierno horizontal y yo, osado e iluso, me permitía ya la anuencia de patinar al lado de los más veteranos y veteranas, convencido de que en muy poco tiempo había alcanzado un inusual nivel de destreza que por supuesto no detentaba: Entraba y salía de la pista a mi libre albedrío, de vez en cuando levantaba un pie del suelo e incluso me permitía licencias propias de patinadores expertos, como la de sonreír puntualmente a alguna patinadora, echándole un fugaz vistazo a las tetas mientras la avanzaba por la derecha. Me sentía de maravilla y, cándido de mí, en alguna ocasión me pareció observar que alguna de las chicas me devolvía la sonrisa. El hecho de que en un par de amagos de batacazo, en menos de una décima de segundo, recuperara la estabilidad perdida gracias a mi extraordinaria forma física e innato sentido del equilibrio y contrapeso, me dio tanta seguridad, que decidí que podía relajarme un poco y zamparme mientras patinaba unas palomitas de maíz, llamadas también “crispetes” en catalán o “Pop corns” en inglés. Así que salí de la pista, me dirigí al quiosco de la plaza, compré una bolsa y me reincorporé al tráfico rodado disponiéndome a abrirla en plena marcha. Iba de sobrado, ya ven.

De todos es sabido que todo, no lo hacemos todos igual de bien o mal. No es descabellado entonces imaginar, que haciendo aquello que mejor se nos da, cada vez lo haremos mejor hasta a alcanzar la excelencia. Por contra, las cosas que hacemos mal procuramos evitarlas y sólo las ejecutamos si no queda otro remedio. Los que en vida me conocieron, a buen seguro recuerdan mi absoluta falta de maña en todo lo concerniente al bricolaje o cualquier otra manualidad. Fui muy malo, tanto, que ya desde jovencito, por mor de no perpetuar el estado de frustración en que me sumía cada vez que intentaba hacer algo que requiriera cierta destreza, desarrollé un método que me permitía evitar el ridículo y resolver de manera más o menos airosa, las situaciones adversas que en ocasiones me veía forzado a afrontar, como por ejemplo colgar un cuadro, hacer un empalme eléctrico, pintar a brocha o rodillo o cuando era aún más jovencito abrir bolsas de chuches, patatas fritas o mismamente de palomitas. El método consistía en exagerar mi impericia y hacer aún peor todo aquello que de natural ya me salía tan mal. Así conseguía que la gente riera, yo también me reía y todo quedaba como que el Tito era anormalmente patoso pero extraordinariamente gracioso. El truco me funcionaba de maravilla y, con el tiempo, la risa me salía tan natural y espontánea que nunca nadie imaginó que fuera el resultado de una actitud programada, sino fruto de mi tan apreciado carácter alegre y jovial.

Llevaba más de seis vueltas a la pista intentando abrir sin éxito la puta bolsa de palomitas y, a la que hacía siete, decidí pasar al plan B, que consistió en morderla por la parte superior y manteniendo la boca cerrada, tirar hacia abajo con todas mis fuerzas hasta romperla. Como cabía esperar y en cambio yo no había previsto, al romperse la bolsa, una fuerte sacudida me descompensó y me hizo perder el equilibrio hasta que fui a dar con los morros en el frío y duro pavimento de la pista de patinaje de la Plaza Lesseps. Sucedió todo muy rápido. Instantes antes del porrazo, luché desesperadamente para estabilizarme rotando los brazos hacia delante y después hacia atrás, cual nadador olímpico calentando antes de los doscientos metros mariposa o puede que igual que las aspas de un helicóptero de la guardia civil, manteniéndose estático por encima de rocosos peñascos durante un salvamento de montaña. Pero no, no conseguí mantenerme en pie y la implacable fuerza de la gravedad se ocupó del resto. ¡Plas!¡Vaya leñazo! ¡Toooma hostia! Escuché exclamar de lejos yaciendo inmóvil de espaldas al suelo con la mirada perdida en el cielo infinito. Sucesivamente, los que venían y las que venían detrás, fueron precipitándose a mi alrededor al encallarse las ruedas de sus patines con las palomitas que había desparramado por el suelo. ¡Plas, plas, plas! ¡Venga tortazos, y venga niños y niñas por el suelo!

Cayeron casi todos y casi todas. Yo sangré por la cabeza y no fui el único. Muchas y muchos lloraban desconsoladas y desconsolados mirándose las palmas de las manos y las rodillas rasguñadas, supurando pequeñas gotas de sangre que aumentaban por momentos, hasta cubrir por completo sus heridas tiñéndolas de rojo burdeos. Niños y niñas apelotonados por el suelo intentando desenredarse. Madres y asistentas del hogar gritando enajenadas, corriendo por la pista en busca de sus hijos o de los hijos de los señoritos, molestando más que otra cosa ya que sólo gritaban y poco ayudaban a solventar el colosal descalabro. Especialmente bochornosa fue la actitud de tres madres que, viéndome desvalido en el suelo y sabiéndome el responsable único de tan terrible accidente, al pasar por mi lado aprovecharon para soltarme improperios, patadas en las costillas y escupitajos a discreción.

En pocos instantes sucedieron muchas cosas y en un soplo terminó lo peor. Pasado el primer sobresalto, cuando la conmoción se convertía en zozobra, los patinadores y patinadoras, quejumbrosos y quejumbrosas, doloridos y doloridas, lentamente se iban incorporando. La Guardia Urbana, rauda resuelta y como siempre al servicio del ciudadano hizo acto de presencia en la plaza, calmó a madres y asistentas, amonestó a mi hermana por considerarla la principal responsable de semejante imprudencia y me mandó a mí, de malas maneras, a recoger las palomitas del suelo, cosa que yo, cabizbajo y afligido pero diligente me dispuse a realizar sin rechistar.

Ya me perdonará el lector, pero me ha parecido conveniente ponerlo en antecedentes antes de exponer lo fundamental del caso que, en realidad, sucedió poco después del calvario y subsistió en mi memoria a lo largo de toda mi vida.

Hallándome yo enfrascado en la recogida de palomitas, una niña entró en la pista, se arrodilló junto a mí y mirándome con una expresión que interpreté tierna, se dispuso a ayudarme. Acto seguido se sumaron dos niños más. Y dos chicas, y tres niñas, y una madre y dos asistentas y, en pocos momentos la pista se llenó de gente y quedó limpia de palomitas. Y habiendo terminado entre todos y todas tan plausible labor, la niña, la primera que entró, me dio un beso en la mejilla y se fue patinando. Y yo, como es natural, me quedé patitieso.

Eso fue lo que me pasó aquel siete de enero de mil novecientos… da igual, ha pasado ya mucho tiempo y la fecha no es lo más relevante, como tampoco lo es en sí mismo el percance, sino el posterior desenlace que hermanó a niños y a niñas y también a algunos mayores en un noble objetivo común: socorrer al más débil en beneficio de todos. Ejemplo que en mi humilde opinión, todo el mundo debería seguir, para así construir una sociedad harmoniosa y afable, donde prevaleciera el respeto, la humildad, la tolerancia y donde todos y todas tuvieran cabida, quisieran quererse y lo hicieran.

Hoy, desde el desapego que me confiere el lugar donde estoy, cuando ya nada me inquieta porque observo los hechos sabiendo el principio, pero también el final, sonrío al volver a sentir el placer de aquel beso tan dulce, el que me dio aquella niña que me vino a ayudar y a todas y a todos contagió de bondad, de compañerismo y solidaridad.

Hoy, ya desde la distancia, les conmino a que siempre que puedan ofrezcan su ayuda sin pedir nada a cambio, pero no porque sea un deber, sino un reconfortante placer. Créanme, háganme caso, lo realmente importante en la vida, no es tanto el fracaso como las ganas que pongas para intentar enmendarlo y contar con amigos que te brinden su ayuda para poder superarlo.

[1] Quienes quiera que sean los responsables, arreglen este tema porque ya vamos rayando el absurdo.

Capítulo 5. Una de cal y otra de Arena.

3 Comments
  • Tito Garraf | Capítulo 3 Nochebuena de 2051 Cómo me fui.
    Posted at 18:01h, 22 noviembre Responder

    […] Capítulo 4 Recuerdo o trauma segundo […]

  • Florina
    Posted at 11:46h, 27 noviembre Responder

    Me gusta lo de que lo importante de la historia sea el beso y la solidaridad de una niña que yo imagino con coletas y con una sonrisa digna de ser contada.

    Este capítulo me ha gustado mucho. Se percibe la soltura escribiéndolo. Es muy entretenido y tiene forma. Me ha gustado esta frase: “Hoy, desde el desapego que me confiere el lugar donde estoy, cuando ya nada me inquieta porque observo los hechos sabiendo el principio, pero también el final…”.

    El resto de los capítulos te los comentaré por privado, pequeño.

    • Tito Garraf
      Posted at 19:21h, 02 diciembre Responder

      Gracias por leerme, te agrego a mi lista de suscriptores si no te sabe mal. Si me lo comentas en privado, quiere decir que nos hemos de ver 🙂

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