Capítulo 2 El primer trauma de mi vida

Nunca conocí a nadie, ni siquiera a mí mismo, que hubiera quedado traumatizado por algún episodio bueno. Los traumas, por definición, se manifiestan y perduran a partir de las malas experiencias y, yo diría que son del todo incurables. Desterrarlos, enclaustrarlos en el fondo de tu cerebro confinándolos al olvido, o bien aprovecharlos para sacarles un partido equiparable o superior a la cantidad de tiempo que te han hecho perder en la vida, de cada uno depende.

Hacía ya rato que estaba despierto. Me sentía incómodo, muy incómodo. Tendido boca arriba, Incapaz de mover más que mi cabeza de lado a lado, abrir y cerrar mis puños por pura intuición y patalear sin control, recuerdo perfectamente que, a mi derecha, y no a mi izquierda – hay que ver que caprichosos son recuerdos-, podía ver a través de los barrotes de mi cuna la tenue luz natural que se filtraba por la puerta entornada. A mi izquierda, nada, pura oscuridad.

Acababa de regurgitar toda la leche que poco antes mamé, y al girar la cabeza hacia uno u otro costado, iba pringando por turnos mis tiernas mejillas de pestilente cuajada. En pocos minutos se adueñó de la alcoba un fétido olor agridulce del que obvio detalles, al dar por sentado que todos conocen y en su memoria retienen; curioso este mundo de los aromas, fragancias o efluvios, que a todos nos pone de acuerdo cuando damos por bueno el olor, y en cambio por malo el hedor. Aunque viendo cómo andan las cosas últimamente, para nada me extrañaría que en un tiempo breve o mediano, alguna estrella de rock, del cine, la televisión o influencer, alentado por sus patrocinadores, rocambolescas exigencias del mercado, o bien por simple extravagancia, creara tendencia poniendo de moda una nueva fragancia, a base de notas de purines de cerdo o conejo al ajillo, cosas más raras se han visto. Pero tranquilos, no se me alteren, porque desde donde estoy, proclamo que un día regresaré, y convertido en referente histórico por la gracia de Dios, méritos propios o potra, que casi es lo más fácil, enarbolando la bandera de lo esencial y avalado por el reconocimiento, fama y respeto que siempre merecí en vida y sólo post mortem obtuve, pondré en su sitio las cosas, corregiré el errático rumbo en que se halla sumida su nave, y les acompañaré en el viaje hacia el bien, la prosperidad y el amor infinito. Sé que me necesitan. Sigo entre ustedes.

A lo que iba, que durante la sobremesa de un día festivo de mil novecientos sesenta, desde mi habitación oscura, revolviéndome entre vómitos, oía de lejos la algarabía de los mayores salpicada de explosivas risas que se superponían a la conversación. No tendría más de seis meses. Siempre me acompañó el recuerdo.

Este fue el primero, de una larga lista de lo que ahora sé que eran traumas, y en su día clasifiqué equivocadamente al incluirlos en el grupo de sucesos, percances e incidencias varias, cosa que por otra parte no me fue mal del todo, puesto que me permitió vivir ignorando a perpetuidad, que desde muy temprana edad formaba parte sin saberlo de la AINYT (Asociación Internacional de Neuróticos y Traumatizados). Nunca me di de alta, y tampoco tengo noticias a día de hoy de que alguien lo hiciera en mi nombre, aunque de una cosa estoy seguro: los que en vida me amaron, odiaron o alternaron las dos cosas, lo hicieron por lo que era evidente que fui, un neurótico integral.

 

Capítulo 3 «Nochebuena de 2051 Cómo me fui».

2 Comments
  • Jota 58
    Posted at 13:10h, 01 enero Responder

    Me gusta, pero a veces las frases son un poco largas, y me cuesta seguir el hilo. es solo una opinión eh?

    • Tito Garraf
      Posted at 15:38h, 08 enero Responder

      Gracias por la opinión, lo tendré en cuenta! 🙂

Post A Comment